El venado envenenado tercera parte

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Boisguilbert
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El venado envenenado tercera parte

Mensajepor Boisguilbert » Sab Ene 02, 2021 11:24 pm

Larry frotó un poco más el interior de la jarra. Tampoco demasiado, lo justo para que apenas se vieran los posos de la cerveza anterior antes de servir otra. Total, no es que la clientela de Malfario fuera muy numerosa… además esta noche todo estaba tranquilo. Un par de busconas merodeando las mesas, Bob el borracho ahogando sus penas en una esquina, algún negocio en la zona del fondo (ni muy descarado ni muy oculto) de la clientela habitual… nada fuera de lo normal.

Una algarabía le sacó de su ensimismamiento. Varias personas se acercaban cantando a grito pelado y por sus voces parece que ya venían cargados. Buen panorama. Alzó la vista y sonrió al ver entrar al grupo: Syl la rubia despampanante, Viggo el guerrero, Daeron el bardo... y – arqueó una ceja - ¿Merek? ¿Merek borracho? Caramba, sí que había dado un giro insospechado la velada…

- ¡…cumpleaaaaaaños feliiiiiz! – las cuatro voces sonaban desafinadas a más no poder

- ¡Larrrrrrry! ¡ A mis brazos, guapetón! – Syl dio un salto felino por encima de la barra y clavó dos besos en las mejillas del posadero - ¡Hoy estamos de fiestaaaaa!

- ¡Sí! –Merek levantó las dos manos señalando al cielo - ¡Gibil está conmigo! ¡ Mi día del nombre y el mejor regalo que podía esperarse! ¡Se hunde la competencia, a la mierda el carnicero jajajajajajaa! ¡Una ronda para todo el local! – arrojó una bolsa con monedas a la mesa - ¡Y otra y otra más, hasta que se acabe el dinero!
Sus compañeros aullaron y Bob junto a las meretrices se acercaron sonrientes a la barra. Los hombres que quedaban se escabulleron discretamente buscando otro sitio más tranquilo para seguir con sus negocios, dejando todo Malfario para el alegre grupo.
El mesonero recogió las monedas y dispuso con rapidez siete jarras de cerveza rebosantes, recogidas y alzadas por sus clientes. Choque de bebidas… y al gaznate de un trago, el tiempo justo para poder pedir otra ronda.
- Pues felicidades, hombre, que cumplas muchos más y yo que lo vea – Larry preparaba ya una tercera ronda - ¿qué es eso que me cuentas del carnicero que se va a la mierda?

- No te lo vas a creer, tú – Merek sonrió ampliamente - ¡El carnicero de la calle del cuartel! ¡ Lo van a colgar por vender carne en mal estado y hacer que medio Rostow se vaya por las patas abajo!

- ¡ Y bien merecido se lo tiene! – Viggo levantó su jarra con una mano mientras con la otra sostenía a una mujer de olvidada belleza que bebía sentada en su pierna.

- ¡Eso, que se joda! – Daeron buceaba alternativamente en su bebida y en el escote de la dama que le acompañaba en su banco entre risas - ¡Así aprenderá!



Larry torció el gesto
- ¿El carnicero de la calle del cuartel? No me jodas, hombre…

- ¿Por? – Syl se limpió los labios con el dorso de la mano y le miró de hito en hito - ¿es pariente tuyo o algo así?

- ¡Qué va a ser pariente mío, mujer! Ese hijo de mil padres me debe dinero, un pastizal. Y lo van a decapitar, mierda… algo había oído pero no pensé que llegara a tanto ni que fuera él. Pues hay que joderse, cabrón desconsiderado… mira que dejarse matar sin pagar las deudas. – escupió al suelo – Thanatos se lo lleve.

- Vaya… pues qué mala suerte… - Syl le dedicó una de sus más embaucadoras sonrisas - ¿tanto te debía?

- ¿Qué si tanto me debía? Juzga por ti mismo, rubia – Abrió un pequeño cajón oculto bajo una de las barricas de donde sacó un pergamino que tendió a Syl – Siempre lo tengo a mano porque era valioso, pero ahora es como si lo uso para limpiarme el culo con él.

La joven lo leyó rápidamente

- ¿Te das cuenta? Treinta mil monedas que le presté a ese inútil de los cojones, a pagar en tres meses. Ya han vencido pero me compensa con veinticinco kgs de pollo cada quince días como intereses, negocio redondo para mí. ¿Y ahora? A la mierda, me quedo sin dinero, me quedo sin pollos y me quedo sin nada. Gibil, Gibil… ya no puede uno fiarse de nadie…

Syl miró la firma que figuraba en el documento

- Sí, hay que ver. Menudo impresentable ese B… bueno, lo van a joder bien jodido, no te preocupes. – Intercambió una mirada y un gesto casi imperceptible con Merek, quien se giró en la barra y tronó:

- ¡La noche sigue! ¡Damas, caballero! – se dirigió al borracho y a las señoritas - ¡Larry tiene mi bolsa, aseguraos de que le da un buen destino y brindáis muchas veces a mi salud! ¡Otras posadas me aguardan!
Larry sonrió con la mirada puesta en la bien dispuesta bolsa de cobre y despidió con la mano al grupo. Las mujeres lanzaron besos al aire a Viggo y Daeron y se dispusieron a cumplir lo pedido por Merek con la inestimable ayuda de Bob. El homenajeado salió a hombros de la posada dándose un señor golpe con el quicio de la puerta, pero nada que supusiera enturbiar su alegría.

Los cuatro siguieron cantando hasta que se encontraron a una distancia prudencial de la taberna. Merek se bajó palpándose el chichón que ahora adornaba su frente y juntos fueron al lugar donde les esperaban Lady Sybil, Yish y Zharys.

Rápidamente Syl expuso todo lo que habían averiguado, y la noble cerró los ojos mientras se tocaba la frente con dos dedos.

- B firma la nota. Inicial de nombre. Deuda. Carnicero. Dos hombres más embozados. Eso son tres. Sí… esto lo he oído yo antes… alguien me lo ha dicho – abrió los ojos – Vale. Ya lo tengo. Oídme, por favor. Yish, Zharys, volved a la casa de Suria y ocultaos. Si no me equivoco dentro de un rato va a recibir una visita nada cortés, de sobra sabéis qué hacer – se giró a los hombres y Syl – Nosotros nos vamos a Rostow. Amanece y debemos cerrar la trampa para que la alimaña caiga en el cepo.

Con las primeras luces del día, la vida volvía a las calles de la capital. El hormigueo de los campesinos que venían a vender sus productos a la plaza de la herrería, los comentarios de las comadres sobre el último escándalo de los envenenamientos, las patrullas de la Orden oteando aquí y allá, las panaderías, carnicerías, curtidurías abriendo sus puertas y uniéndose a los gritos que proclaman las excelencias de sus productos… esa rutina que tanto se echa de menos cuando no se tiene.

Lucille jugueteaba con uno de sus rizos mientras miraba aburrida a la puerta de la carnicería. Estos últimos días habían sido muy malos, todavía la gente no venía a comprar, lo de Kaeron era un duro golpe… pero bueno, se superaría. Miró distraída a los dos ayudantes que deshuesaban dos piezas de jabalí. Entre los dos no tenían la mitad de su inteligencia, pero eran fuertes y obedientes. Se desperezó… qué tedio, si al menos…
El tintineo de los metales que colgaban de la puerta y hacían las veces de avisador le sacaron de sus reflexiones. Ladeó la cabeza y se incorporó.

- Buenos días ehm… uy, buenos días, mi señora – se inclinó grácilmente ante Lady Sybil y miró de arriba abajo a Viggo, prestando apenas atención a Syl, Daeron y Merek - ¿qué puedo hacer por vos?

- Buenos días niña – la noble le devolvió una sonrisa - ¿puedes por favor avisar al encargado?

- Ahora mismo, milady – se giró mirando a la trastienda - ¡Barnie, corre ven! ¡Una noble pregunta por ti!
Del fondo de la tienda apareció un hombre entrado en carnes, con un frondoso bigote y frotándose las manos en el delantal.

- Barnie para servirle, milady… ¿qué puedo hacer por vos en un día como éste?

Viggo dio un paso adelante llevándose la mano al martillo y Lady Sybil le contuvo con un gesto.

- Barnie… - la joven buscó y encontró un tono de voz duro y neutro – quiero que me cuentes con pelos y señales qué tiene de cierto lo que me han contado sobre tu gusto por los ciervos y las flores. Creo que me falta una parte de la historia… ¿me la cuentas?

El hombretón tragó saliva y lanzó una mirada apremiante a sus dos ayudantes. Sin decir palabra, estos se dirigieron discretamente a la puerta. Viggo cruzó la mirada con Lady Sybil y de un modo muy sutil ésta negó con un gesto de su cabeza.

- No… no sé de qué me habla, mi señora. No tengo ni idea, no soy cazador y por supuesto no sé nada de flores, qué cosas decís.

La noble levantó ambas cejas.

- En tal caso no tendrás inconveniente en acompañarnos al cuartel de la Orden ¿verdad?

- Nin.. ninguno, mi señora.

Los seis se dirigieron al Cuartel, con Viggo pisando los talones de Barnie para evitar tentaciones varias.

El capitán de guardia se cuadró al ver entrar a la noble

- Milady… ¿qué puedo hacer por vos?

- Muy sencillo capitán – Vamos a esperar aquí media hora. Este hombre – señaló a Barnie- se va a sentar aquí en absoluto silencio. Yo voy a demostrar que está detrás de los envenenamientos y que ha amenazado gravemente a una mujer indefensa. Es más, ha ordenado su ejecución.

- ¡Eso es mentira, maldita zorra! ¡Yo …! – Barnie fue a dar un paso hacia Lady Sybil pero el puño de Viggo le quitó las ganas, la palabra y dos dientes. - ¡Joder ¡ - escupió un esputo sanguinoliento – Duele…

- Y más te va a doler si no me obedeces – el tono helado de la dama enfriaría la comida de Gibil – Capitán, contadme las novedades de la última guardia. Tenéis media hora.

El capitán se apresuró a soltar una sarta de incongruencias y nimiedades, sudando ante la perspectiva de desobedecer o contrariar a la Sanadora Real.

Al rato, Lady Sybil le mandó callar con un gesto de su mano.

- Muchas gracias, Capitán. Ahora quiero que me acompañe junto a dos de sus hombres, a caballo. Y rápido. O todo lo rápido que nos permita este puerco bigotudo – señaló a Barnie – Se viene con nosotros.

Encabezados por Daeron, el grupo partió a caballo rumbo al sur, hacia la cabaña de Suria. El carnicero iba atado fuertemente a una mula que soltaba espuma tratando de mantener el ritmo.

A unos cientos de metros de la casa de la herboristera, unos gritos de dolor les sorprendieron.

El capitán levantó el puño y detuvo a sus hombres.

- ¡Quietos todos! ¡Soldados, a mis órdenes, aprestad las armas y…

- Oh, por los Siete, capitán, yo no me preocuparía en absoluto – Lady Sybil adelantó a los tres hombres con su palafrén – Deje las maniobras para el campo de batalla y vamos a ello.

Llegaron al huerto de la cabaña y ahí vieron un espectáculo cuando menos curioso. Los dos jóvenes ayudantes estaban tirados boca abajo en el suelo, con sendas flechas saliendo de sus nalgas, y Zharys e Yish estaban sentadas a horcajadas sobre cada uno de ellos.

- ¡Socorroooooo! – Uno de ellos gimoteó – ¡ Libradme de esta zorraaaargggghhhh! – Yish revolvió la flecha clavada en las posaderas del hombre - ¡¡¡Piedad!!!

Suria contemplaba la escena con las manos en la boca.

- ¡Mi señora! – Dio un respingo al ver a Lady Sybil – Estos… estos hombres vinieron embozados y… y… - se echó a llorar – Dioses, gracias a que ellas estaban ocultas y… sus arcos…

Zharys dibujó una de sus sonrisas, ésas que se recuerdan al cabo de los años y de la distancia:

- …y nuestros arcos hicieron el resto. Oye, campeón, explícale aquí a la señora esa historia tan interesante que nos has contado.

Barnie abrió la boca para decir algo pero una mirada al puño de Viggo, inquietantemente cercano, le hizo desistir.
Y los dos jóvenes compitieron por ver quién decía más cosas en el menor tiempo.

Hablaron de cómo Barnie les había dicho que tenía un negocio que resolver, que necesitaba su ayuda, que se trataba de asustar a una mujer para que no hablara, pero que si la cosa se ponía turbia tendrían que matarla si él se lo indicaba. Que les había prometido mil monedas a cada uno, quinientas ya pagadas y quinientas más cuando ejecutaran a Kaeron. Que él sabía que la tienda pasaría a sus manos, porque la esposa del carnicero no iba a saber hacerse cargo, y que él se quedaría con todo, que engañarla en el negocio sería muy sencillo y los tres vivirían buenos tiempos. Así él podría liquidar sus negocios y ellos dispondrían de dinero y un futuro halagüeño a su vera. Y que habían venido a matarla… no, a asustarla… no, a darle un escarmiento… no, a avisarle de que su vida corría peligro, que ellos eran buenas personas y que se habían arrepentido cuando la vieron y que no tenían intención de hacerle nada. Y que si llegaban a esta casa con dagas en la mano era porque tenían miedo de que les atacaran… lobos, eso es, lobos que habían oído que poblaban la zona, pero que ellos nunca harían daño a una mujer, por supuesto. Y que por favor les quitaran de encima a esas arpías que ¡¡¡arghhh!!!.

Sí, es difícil razonar o ser coherente cuando te están torturando las nalgas con una punta de flecha.

- Bien, capitán – Lady Sybil suavizó su gesto con una sonrisa – Creo que lo que toca es conducir al trío calavera a Rostow, tomarles declaración formal y meterlos a la sombra a la espera de juicio. – señaló a la mujer – Suria estará encantada de testificar, al igual que todos estaremos encantados de ver libre al bueno de Kaeron. Otro asunto esclarecido gracias al buen hacer de la Orden y su oficial de guardia ¿Verdad?

El hombre se cuadró

- Por supuesto mi señora, se hará como ordenáis… como sugerís. Me pongo a ello ahora mismo.
Yish se levantó dando un último giro a la flecha empalada sin dedicar ni una mirada a su gimoteante inquilino y abrazó a Suria, dedicándole el tesoro más preciado por lo infrecuente que podía dar: una sonrisa.

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