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El adiós de Hepard

Publicado: Jue Ene 16, 2020 12:24 pm
por Boisguilbert
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- ¡ A sotavento, a sotavento! – La voz del contramaestre rugió sobreponiéndose al ruido de la tormenta! - ¡Vamos, moved el culo o nos vamos al fondo, mierda!


Como un solo hombre, toda la tripulación del “Annie la Bella” tiró de la vela mayor tratando de evitar que el viento la arrancara. Un golpe de mar barrió la cubierta y dos marineros mezclaron su grito con el rugir del mar a modo de despedida.

Hepard se agarró con todas sus fuerzas al cabo de la mayor como si no hubiera otra cosa en el mundo… que por otra parte no estaba muy distante en estos momentos de la realidad.

Pero cómo demonios había acabado ahí… hace seis meses estaba limpiando el estercolero de un terrateniente en las tierras de la Baie, cuidando caballos, cavando tierras... tenía a su familia, a sus amigos, no era una vida de héroe, vale, pero era una vida en la que se podía envejecer tranquilo. Qué apetecible parecía ahora, qué paraíso comparado con el infierno gris de salitre y agua que le rodeaba.

Pero no, claro. Tenía que hacer oídos sordos a la llamada a la cordura de su padre. Tenía que hacer caso omiso a los consejos de su madre que le decía que se casara con Dara, la hija de los granjeros de las tierras colindantes, una muchacha tranquila de formas generosas con ojitos sólo para el rubio y atractivo joven que ahora luchaba por no visitar a Thanatos antes de cumplir los veinte.
Y eso. Un barco con un nombre evocador, “Annie la bella”, como la dama que hacía un siglo robó tantos corazones. Un capitán, Dorus, que atraca en el puerto de la Baie con su aire peligroso y misterioso. Un tripulante que fallece repentinamente y una llamada en la taberna local oída por casualidad pidiendo un marinero con ganas de ver mundo y vivir aventuras, esa oportunidad que piensas que se va a presentar una vez en la vida y la cazas al vuelo sin encomendarte a Gibil o a Thanatos.

Pues ahí tienes aventuras. Ahora ya sabes distinguir el mango del filo de tu espada, ya has recorrido leguas y leguas de mar, ya has visitado lugares recónditos, ya has visto a tu capitán enloquecer y caer bajo la daga de un nigromante, ahora ya sabes lo que es correr despavorido junto al resto de la tripulación huyendo de terrores sin nombre, y retomar una vida de deriva, ora comerciando, ora pirateando, ora haciendo de transporte de nobles.
Y todo para acabar aquí, frente a las tierras de los minotauros, zarandeado como un pelele de un lado a otro, con el barco a punto de irse a pique y poner el epílogo a una vida tan corta que todavía estaba escribiendo el prólogo.
Una ola gigantesca levantó la nave y la alejó todavía más de la costa, haciendo que las clavas crujieran, amenazando con que todo saltara por los aires. Otro golpe de mar volvió a barrer la cubierta, llevándose por delante barriles, carga y hombres por igual.

El mar rugió una vez más, y como si fuera un herrero inmisericorde golpeando un yunque gigantesco, lanzó el barco sobrevolando la superficie para estrellarlo de nuevo.
-¡ Se rompe, se rompe! – gritó el contramaestre - ¡Sálvese quien pueda!

Su voz se ahogó bajo el estruendo de maderas, olas y gritos de una nave engullida por la garganta sin fin del mar embravecido.

Notó una mano hurgando en su pecho y con un gesto instintivo la agarró con fuerza.

-¡Marie, éste está vivo! – una voz femenina gritó devolviéndole a la vida. Hepard se incorporó y vomitó medio océano. Su cabeza le daba vueltas pero de algún modo había sobrevivido. Miro a su alrededor y vio dos figuras femeninas vestidas con harapos revolviendo entre los restos del naufragio, gritando de alegría cuando encontraban algún resto de interés.

-¿Dónde… estoy? – Se puso de pie a duras penas

-En las puertas de Albor, chaval. Parece que estás vivo, después de todo… no seas necio, coge algo de lo quede por aquí antes de que lleguen los no muertos o los carroñeros.

-¿Los.. carroñeros? – todo daba vueltas en la cabeza del joven - ¿no muertos también?

-Sí… entre los vivos que son tan vivos que quieren todo para ellos y los no muertos que quieren que una se vaya con ellos para siempre… espabila, o cualquiera de ellos te llevará por delante.


Imitando a las mujeres rebuscó y por primera vez en mucho tiempo los dioses le sonrieron: encontró un pequeño cofre con mil monedas. No era una fortuna, pero al menos le serviría para salir adelante en esa ciudad que le habían contado que estaba un poco más al norte llamada Rostow. Porque una vez ahí… quién sabe, tal vez su fortuna por fin mutara y las cosas le fueran mejor…

…y su vida cambió.

Y sí, cambió a mejor.

Conoció gente magnífica, de ésa que marca el devenir de una persona: Loran, el niño guerrero, con una madurez impropia de su edad y un sentido del deber más allá de lo imaginable; Jack, su sobriedad y valor sólo superadas por su timidez con las damas, lo que le hizo objeto predilecto de las bromas subidas de tono de Hepard; Amaris son su férrea fé y su mala leche, que tantas veces le hizo huir para no recibir un garrotazo; Merek, constante, trabajador, fiel y buen hombre; Zharys, tan bella y deseable como letal y peligrosa; Denisse, la niña que anunciaba una mujer en ciernes de la que los juglares cantarían proezas impensables; Tom, compañero de juergas y aventuras, el mejor camarada en quien confiar una espalda en combate y una confidencia en un lupanar; Magda, con su incesante hormigueo de trabajadora febril; Julius, cerebro de tantas y tantas aventuras; Darka y su incesante mercadeo; Syl, otra mujer de armas tomar, sigilosa y ejecutora a un mismo tiempo… todos conformaban una maraña de recuerdos por la que trepar entrelazando historias y aventuras, batallas e incursiones, fiestas y peligro.

Se giró, desde el castillo de popa del Lady Blue mirando rumbo a Rostow, sin verla, imaginando el quehacer de sus habitantes y suspiró… la costa empezaba a difuminarse y el mar se abría como una cortina azul verdosa al paso de su quilla.

- ¡ Aventura, tetas, oro! – Siete Vidas cantó en su hombro y Hepard soltó una carcajada alegre.
- A por todo eso vamos, campeón, a por todo eso vamos.

Se giró dando la espalda al continente, y fijó su vista en el horizonte, cargado de promesas, retos y vida.

Re: El adiós de Hepard

Publicado: Vie Ene 17, 2020 10:09 am
por Zharys
Nunca sería de nadie. Él pertenecía al mar, al viento, a la libertad del horizonte, al valor de enfrentarse a las olas, al graznido de las gaviotas del despertar cada mañana, a todas las mujeres y a ninguna a la vez. Zharys lo sabía perfectamente cuando se dieron el último beso bajo el manto oscuro de la noche, en aquella cabaña abandonada, varios meses atrás.

<<Su mirada es tan penetrante que duele…>>. Ella siempre pensaba lo mismo al mirar sus ojos azules. No era el color, sino todo lo que sentía al observarlos: la misma fuerza de las olas que te arrollan y te dan vueltas cuando te atrapan, el hecho de que los dos se habían criado en La Baie, esa pasión siempre dispuesta a explotar, infinidad de risas por ingeniosas ocurrencias, la singular y fuerte afinidad que compartían, la sed de venganza del guerrero y su curiosa y desconcertante lealtad inaudita en un pirata…

Zharys pensaba en todo eso mientras leía el pergamino con el que Hepard podría obtener su ansiado barco. Sabía que ese día iba a llegar, y sonrió con una mezcla de alegría y aflicción al leer las primeras letras de dicho pergamino cuando él se lo mostró:

“Por cuanto concedo a Hepard de la Baie, permiso para armar en guerra su barco, nombrado Lady Blue…”


Él sería feliz, pero Rostow lo iba a extrañar.

Hepard escribió pergaminos de despedida para todos, excepto para Zharys, a la cual pidió que lo siguiera hasta las puertas de la ciudad, tras enviar su última carta.

- De ti quería despedirme en persona -dijo él, sonriendo y entregándole un zafiro azul oscuro con forma estrellada-. Siempre serás la estrella que más brille en mi cielo. Por millones que haya, esta tendrá un brillo especial.

- Disfruta de la mar -le sonrió ella, tomando el zafiro y guardándolo entre sus manos, y a punto de brotarle las lágrimas que causan las malditas despedidas.

- Lo haré, pero ten cuidado… si algún día me ves en un barco pirata, te secuestraré -de nuevo la hizo reír, frenando sus lágrimas. Era la especialidad del muchacho.

Tras esa última conversación, se dieron un efusivo abrazo y al partir, ninguno de los dos volvió a mirar atrás.

<<Espero que hayas encontrado por fin la paz en tu océano. Yo aquí, en Rostow, ya encontré hace tiempo mi propio mar, y tiene forma de valeroso y honorable miliciano>>. Tras pensar esto, Zharys sonrió como solo hacía al pensar en Jack.