La caída de los bastiones

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La caída de los bastiones

Mensajepor Staff » Mié Mar 04, 2020 1:47 pm

La noche era fría y oscura, las gotas de lluvia repiqueteaban sobre las armaduras de placas de los soldados vigías. La tierra empezaba a embarrarse y el aire olía a fresca hierba, humo de hoguera y soledad.

- Seguro que Mariela está preparando ese estofado que tanto me gusta. No veo el momento de regresar… - farfulló Edd, el soldado Southeart. - Esto es una pérdida de tiempo, no podemos ganar. Los bandidos cada día son más numerosos y están mejor armados. No tenemos hombres, ni armas, ni municiones suficientes… Si el Rey no envía refuerzos no sé qué será de nosotros. Después de todo este tiempo aguantando penurias para mantener a salvo las fronteras…

El otro vigía se encogió de hombros, desanimado, mirando al horizonte sin decir palabra. La moral de los soldados Southeart era baja. Estaban desgastados por la batalla, heridos, frustrados y agotados de mantener a raya a los bandidos. Cada vez quedaban menos hombres. Cada día había muertos y mutilados, cada día era una pérdida frente al enemigo.

Súbitamente se oyó un silbido cercano y el soldado se desplomó en el suelo, gorgoteando, con una flecha incrustada en su cuello. Edd se levantó para gritar refuerzos a sus camaradas, pero ya era tarde. La figura oscura lo agarró por detrás y sesgó su cuello con el brillo de una daga afilada. El cuerpo cayó y la sangre que manaba empezó a cubrir el suelo de madera. Se hizo de nuevo el silencio.

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Mientras, Ser Daniel Southeart entró en la caseta central del fuerte airado y con la tez roja por el enfado. No había traído buenas noticias de Palacio. El Rey Harald Milek no estaba dispuesto a prestar ayuda.

- ¡Maldito niño engreído! ¿¡Que se ha creído!? Nos ha confundido con los Oakheart. Nosotros llevamos defendiendo con valor este asentamiento, nuestro bastión, contra bandidos y criaturas del inframundo. Y ellos solo han tenido que sacar a patadas a unos piojosos mendigos y no pueden ni ocuparse de unas ratas sarnosas que salen por un agujero. Dice que no hay dinero en las arcas y tampoco quiere prestarnos a sus tropas. No tiene ni idea de estrategia, ni de administración, ni siquiera de modales. ¡Somos una casa noble desde centurias, merecemos un respeto!

Los sargentos, capitanes y caballeros escuchaban indignados a Ser Daniel Southeart, sin poder dar crédito a tales palabras.

- ¿Qué es esto? ¿Una carta de Ser Ayamonte? – leyó el pergamino. – No entiendo cuál es su postura en todo esto. Pero si viene a ayudar será bienvenido… - cesaron de golpe sus palabras.

De repente se abrieron las puertas y una lluvia de flechas silbó en su dirección, llevándose a su paso a varios hombres, que cayeron desplomados.

- ¡A las armas! ¡Nos asedian! – gritó Ser Daniel Southeart, embravecido, aunque agotado.

El asedio estaba bien planeado, los bandidos habían pasado excavando por debajo de los muros y se habían escondido entre las sombras con habilidad. Los Southeart acostumbrados a retener a los invasores desde los muros o a campo abierto habían sido cogidos desprevenidos. El enemigo ya estaba dentro de su propio bastión esperando el momento oportuno. Y gracias a los espías de Rostow sabían que el momento era justo ahora para poder tomar posiciones en la inmediata ofensiva que se le aproximaba.

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Sin más oportunidades, Ser Daniel Southeart ordenó la retirada y las tropas fueron retrocediendo hacia el norte, mientras los bandidos tomaban el fuerte.

Las tropas se replegaron hasta el campamento Oakheart. Ser Daniel Southeart, con sus tropas siguiéndole, y encontrando las puertas abiertas, bajó de su caballo, dispuesto a reunirse con Ser Frank Oakheart.

Ser Frank Oakheart estaba sentado en su gran sillón, sonriendo satisfecho al ver entrar a Ser Daniel Southeart.

- Ser Frank, la situación es insostenible, han tomado el fuerte Southeart. Os pedimos ayuda contra el invasor y apelo a vos para que nos abra las puertas de su fuerte. – ensangrentado y herido en su amor propio Ser Daniel clavó la mirada en los ojos de Ser Frank.

Ser Frank Oakheart, con la bravuconería y el desprecio del que ha bebido unas copas de más, les negó la ayuda, humillándoles:

- ¡Mirad quien viene a pedir ayuda! Como se nota que no sois una casa mayor como nosotros. No tenéis los huevos suficientes como para hacer frente ni a unos sucios bandidos. ¡Perdedores! ¡Iros por donde habéis venido! Sois la vergüenza de Etrania.

Agotada su paciencia y acorralado por todos los frentes, Ser Daniel estalló en ira, se abalanzó contra Ser Frank Oakheart, le cortó la cabeza con su mandoble, y ordenó tomar el Fuerte Oakheart. Sus hombres estaban curtidos en la batalla, después de tantos días de asedio. La desesperación y el odio empuñaban sus espadas haciendo cada uno de sus golpes un golpe mortal.

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Los Oakheart a pesar de su bravuconería no fueron rivales dignos. Tomados por sorpresa, sin haberse preparado, y con unas tropas mal instruidas y precarias, fueron masacrados. Al amanecer solo quedaban los restos de una carnicería sangrienta de cuerpos desmembrados. Sólo algunos pocos nobles habían escapado de la infernal batalla, refugiándose en tierras de sus aliados Van Eyck.

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Los Southeart habían tomado el bastión Oakheart y habían cerrado las puertas a cal y canto. Atrincherados, se aprovisionaron de los alimentos y armas que les ofrecía el fuerte, haciendo frente a los bandidos desde las murallas. Pocos, pero iracundos, estaban dispuestos a defenderse hasta la muerte.

Por su parte los bandidos, ante la negativa del Rey de ceder las antiguas tierras Mendoza, continuaban su avance y extendían su dominio hasta todos los rincones de Etrania.

La ciudad de Rostow volvía a estar en peligro.

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