Mester de Juglaría II

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Juliette de Albor
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Mester de Juglaría II

Mensajepor Juliette de Albor » Lun Abr 19, 2021 3:20 pm

A los héroes de la Rereconquista


Aciago el destino que llevó
a esos lagartos al Fuerte Yubonas.
Aciago el día que horrendos seres,
de piel de escamas regresaron.
Tomaron de nuevo el Fuerte,
y diezmaron a quien allí quedó.

Mas subestimaron a los héroes,
¡Oh, bravos los héroes, que nunca se rinden!

Lem, Kendra, Bastian, Kesster,
Azrael y una servidora de la poesía,
arma en mano partieron de Stauton
hacia la más terrible pesadilla.

Ceños fruncidos, ánimos caldeados,
pues sabían que se enfrentaban,
a grandes y largos colmillos afilados.
Con la cautela de la experiencia,
decapitaron a las siseantes cabezas,
y se afianzaron en la entrada.

Mas se confiaron los héroes.
¡Oh, bravos los héroes que nunca se rinden!

Y después de gran masacre vieron
que volvían más y más enemigos,
siseantes reptilianos de ojos vivos.
Rodearon el perímetro del fuerte,
y las huellas los llevaron al oeste,
en donde el enemigo tenía su hueste.

Húmedo, terroso y oscuro era
el túnel subterráneo que atravesar.
Pero haciendo alarde de valentía
nuestros héroes, lo atravesaron.

Mas cayeron en tierra pantanosa.
Húmeda era la caverna, agua,
siseos, reptiles, huesos roídos,
más túneles angostos que pasar.
Y así llegaron al islote entre río,
en donde el destino les esperaba.

El agua y el enemigo les rodeaba.
¡Oh, bravos los héroes que nunca se rinden!

Cuál fue su sorpresa mayúscula,
cuando vieron al lagarto dorado.
Sustento y madre de todas las crías,
líder sin parangón, bestia entre bestias.
Sus espadas prestas arremetieron,
y larga y cruenta batalla se sucedió.

Era la lagarta pura fortaleza, firme,
de escamadas doradas y gruesas.
Impenetrable, agonizante, siseaba.
Arañaba, mordía y desgarraba.

Estaban nuestros héroes agotados,
pero no desistían, no caían, nunca...
Parecían desfallecer, una y otra vez,
y volvían a la carga hasta la muerte.
Mucho les importaba su suerte,
pero más su compromiso incumplido.

Y la lagarta madre falleció entre estertores.
¡Oh, bravos los héroes que nunca se rinden!

¿A cuantas crías inmundas mataron?
¿Habrían sido la próxima horda de la muerte?
Reconquistaron el Fuerte finalmente,
y cuál fue su suerte que uno vivo quedaba.
El último de los moradores del fuerte,
entre armarios se escondía, asustado.

No quedó ni un Yubonas con vida,
no quedaba en pié ni un solo soldado.
Pero nuestros héroes volvían victoriosos,
sabiendo que habían rereconquistado.

Pues el triunfo es de los perseverantes.
¡Oh, bravos los héroes, que nunca se rinden!


Juliette de Albor
Última edición por Juliette de Albor el Vie Abr 23, 2021 12:56 pm, editado 1 vez en total.
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Juliette de Albor
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Re: Mester de Juglaría II

Mensajepor Juliette de Albor » Vie Abr 23, 2021 12:56 pm

Puño de Alleta


Tenía el pelo de fuego y los ojos de mar salada.
A menos de quince años ya era adulta y guerrera,
y salía sola a matar…
La gente de Rostow decía: en la ciudad hay una chica extraña,
los guardias de la Orden de reojo la miraban al pasar.

Labios de fresa, piel de marfil blanco,
corazón de oro puro.
¡Matadragones, Puño de Alleta, modelo,
guerrera de profesión…!

Cuando sacaba su espada, se oía el filo cortante,
sabía a recuerdos de gritos, sangre derramada,
y eso te hacía temblar.
¿Cuántas conquistas quedaban pendientes en su próspero futuro?
Una mirada bastaba para entender cuál era su firme obsesión.

Labios de fresa, piel de marfil blanco,
corazón de oro puro.
¡Matadragones, puño de Alleta, modelo,
guerrera de profesión…!

Había envidia en las miradas los de soldados extramuros,
cuando en Yubonas la vieron reconquistar el bastión.

Labios de fresa, piel de marfil blanco,
corazón de oro puro.
¡Matadragones, puño de Alleta, modelo,
guerrera de profesión…!

Cuando la exigencia es algo que tanto juega en tu favor…

Juliette de Albor
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Re: Mester de Juglaría II

Mensajepor Juliette de Albor » Mié Abr 28, 2021 4:15 pm

Reconquista del Fuerte Daengar

Croack, croack! Cantaba la rana.
Croack, croack! Debajo del agua.
Croack, croack! Llegaron guerreros.
Croack, croack! Cruzaron su acero.


Llegaron los valientes al Fuerte Rana, el Fuerte Daengar, fuerte derruido, fuerte diezmado por el enemigo. Atravesaron sin miramientos a los Lacustres que, colgados de los semiderruidos muros de entrada al fuerte, les tiraban piedras afiladas con mucha habilidad.

Una piedra pasó rozando la cabeza de Kendra, pero la esquivó con rapidez y sin que su rostro mostrase un solo instante las emociones que afloraban en su interior. La piedra siguió su camino, cayó y se incrustó en la tierra tan hondo que de ahí quizás no volvería a moverse.

Llegaron a los arcos de piedra, antiguos vestigios de lo que una vez fue una entrada espléndida a un fuerte lleno de vida y esplendor. Ahora las matas y las lianas de hiedra reptaban creciendo a través de los cascotes y bloques como un enemigo lento y destructor.

Bastian se colocó de lado y apartó las lianas con la espada. Le hizo un gesto rápido a Nassur, que asintió y le siguió hacia el interior con todo el sigilo que le era posible. Una vez al otro lado, miraron perplejos la escena.

- Demasiado silencio. – susurró Kesster, ojeando con mucho recelo el gran puente levadizo estropeado por el paso de los años.

Era la hora de la reconquista, y cruzaron sus miradas serias, porque ni un alma los esperaba en el interior. Una pequeña rana los miró unos instantes; dio un par de saltos y se zambulló en el agua del río interior del castillo. Croack, croack…! El silencio era solo perturbado por el croar de los batracios.

- Dejadme revisar… algo aquí me huele mal… - frunció el ceño el explorador Azrael.

Se agachó y tocó con su arco un pequeño resorte escondido profundamente en la madera del puente. Este se disparó con rapidez y muchos otros resortes empezaron a dispararse al tiempo. Fue rápido, muy rápido, y de repente cesaron. De nuevo silencio total, exceptuando a las ranas.

Avanzaron lentamente, pero las trampas y los cepos, a pesar de ser algo rudimentarios salían en cualquier lugar inesperado, abriéndoles heridas en los pies, y cubriendo la madera de sangre fresca. No querían gritar, pero bien sabían que adentro los esperaban. No querían gritar, pero los resortes de las trampas se oían claros y diáfanos mientras pasaban. Con gritos o sin ellos deberían enfrentar al enemigo.

Kesster dio un traspiés, al entrelazarse su pie en una trampa de espinos. Y habría caído irremediablemente al foso si la mano de Nassur no hubiera agarrado su muñeca a tiempo, y hubiera tirado de él con fuerza.

Entonces salieron los lacustres, no eran muchos pero venían en el momento justo en que los valientes heridos intentaban no resbalar con su propia sangre.

- ¡A por ellos! – gritaron los cinco al unísono.

A los pocos minutos la escena era un amasijo de carnes y cuerpos sin vida en el suelo.

- ¿Qué es esa cosa, maldita sea?! – gritó Bastian empuñando su espada con fuerza.

Un sapo gigante rojo como el carmesí fluido que caía al río desde la orilla, tiñendo el agua de muerte, salió de los antiguos establos. Lanzó su lengua golpeando a Kendra en el costado con violencia. Ellos eran su presa, su insecto del día, a menos que pudieran remediarlo.

Se abalanzaron sobre el escurridizo sapo, rodeándolo, golpeando a diestro y siniestro, hasta que quedó en el suelo inerte y dejó de croar.

- Nunca he visto una criatura así, era resistente y escurridiza. Debemos andar con ojo, está claro que nos esperan más sorpresas ahí dentro. – dijo Kendra con el semblante muy serio, mientras un mechón de pelo lleno de sangre y babas se le pegaba a la mejilla.

Croack, croack! Cantaba la rana.
Croack, croack! En el Fuerte Daengar.
Croack, croack! Miró a los aventureros.
Croack, croack! Se abalanzó hacia ellos.


Y la rana azul quedó boca arriba con las patas temblequeando y el cuerpo a medio caer en el pozo del patio central. La hierba estaba llena de resbaladizo moco de sapo y les dificultaba el avance.

Entraron a las estancias principales del castillo, en donde más lacustres esperaban. Luego a la antigua torre de brujería del Norte, en donde en un cofre de madera mohoso descubrieron algo inusual. Un libro olvidado por el tiempo, lleno de polvo y casi carcomido por las polillas, había esperado por tantos y tantos años su llegada. El Volumen I del Agua Sagrada, firmado por Axel Daengar, noble de la Casa Daengar, antiguo morador del castillo.

- Seguro que a Lady Sybil Daengar le complacerá mucho este hallazgo. - Kesster lo cogió con mucho cuidado y lo envolvió en unas vendas limpias a fin de preservarlo.

Habían dado cuenta de cuatro sapos gigantes y docenas de lacustres. Habían rodeado todo el interior del fuerte y habían esquilmado las riquezas de su interior. Pero no era suficiente.

Subieron las últimas escaleras, animosos, pues ya quedaba poco y pronto el castillo quedaría liberado. Y oyeron los canticos extraños, y unas exclamaciones:

- ¡Ellos no sapo! ¡Ellos no Tortugadores! ¡Atacad!

Y una docena de lacustres bien armados, porra en mano, surgieron de la azotea dispuestos a darles muerte. Mientras los cánticos y croares extraños se repetían. Era un hombre alto y corpulento, tintado de verde, con máscara y taparrabos verde, que alzaba su bastón al cielo. El Rey de los Lacustres, temido, formidable enemigo, conocedor de los secretos de la naturaleza de los pantanos, estaba sumido en un trance extraño.

- ¡Dioses! ¡Los sapos acuden en su ayuda! – gritó Bastian, viendo como una ola gigante de grisáceos sapos mocosos saltaban uno sobre otro, abriendo sus fauces hacia ellos.

Croack, croack! Cantó el Rey Lacustre.
Croack, croack! Se rompió el balaustre.
Croack, croack! Cayó la guerrera.
Croack, croack! Sepultada entera.


Las ranas estaban por todos lados, llovían del cielo, salían de las piedras, mordían a diestro y siniestro… Y… de repente… ¡crack! El balaustre en el que Kendra se había colocado para repelerlas desde lo alto se rompió. Cientos de ranas giraron sus ojos hacia ella y como movidas por un mismo impulso colectivo saltaron hacia su cuerpo y la sepultaron viva.

La mano de Kendra salía apenas moviendo los dedos lentamente entre el montón de ranas vivas y muertas que se agolpaban sobre ella. No podía respirar… era su final. Y de nuevo una mano amiga agarró la mano de un compañero y tiró de ella hacía el exterior. Respiró a duras penas, escupiendo y vomitando moco verde por todo el suelo de piedra. Ni siquiera sabía quién la había sacado de ese túmulo viviente de sapos.

El Rey estaba malherido, pero seguía cantando y azuzando a los sapos. Faltaba muy poco, pero todos estaban a varios metros de él, enzarzados con los grandes sapos que les atacaban sin cesar. Era el final, iba a vencerlos…

¡Zack!

Una flecha certera salió de la espesura de la noche, un proyectil veloz entre la boira nocturna. El Rey Lacustre dejó de cantar y se llevó la mano al cuello. La flecha estaba incrustada en su garganta, atravesándola y saliendo por su nuca. La sangre chorreó por el cuerpo del Rey, arrastrando el tinte verdoso de su cuerpo a su paso, reflejo de su alma que se fundía por fin con la muerte.

Sobre las escaleras, el explorador seguía con su arco tenso en posición, y los ojos muy fijos en el Rey Lacustre. Su semblante se relajó un poco al ver como el Rey escupía sangre entre estertores de muerte.

¡El blasón!

No había tiempo que perder. El pendón rosáceo colgaba de una lanza lacustre al norte de la azotea. Nassur cogió el pendón y gritó:

- ¡Victoria!
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Juliette de Albor
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Re: Mester de Juglaría II

Mensajepor Juliette de Albor » Dom May 16, 2021 2:25 pm

Por donde sale el sol

Por donde sale el sol se oculta su corazón,
Cuatro mapas y un cartabón,
y una nueva aventura desconocida.

Una hoguera, cuatro maderos de quemar,
que largo se hace el invierno con Azrael
tan lejos en el mar.

Pero debemos ser ligeros, sentir el espacio
sentir el frescor del huracán que pisará la tierra,
por donde sale el sol.

Por donde sale el sol, Azrael oculta su corazón.
Por donde sale el sol se oculta su corazón.

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