Golpe a golpe

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Boisguilbert
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Golpe a golpe

Mensajepor Boisguilbert » Lun Feb 10, 2020 8:25 pm

Donatién se sopló en los dedos para calentarlos. La noche no era especialmente fría, pero era un gesto que le gustaba hacer. Sonrió para sus adentros, rememorando las palabras de sus líderes. Una gran victoria sobre las tropas de Rostow, les habían rechazado y tenían un valiosísimo rehén, por fin las cosas parecían cambiar.

Distraído miró hacia la costa apoyado descuidadamente en la puerta entreabierta del bastión rebelde… y de la nada surgió un martillo de guerra que se enterró en su frente. Abrió la boca para gritar pero ya estaba muerto antes de que su cuerpo cayera inerme al suelo.

Uno

En el interior del patio, un distraído grupo de bandidos jugaba a los dados, dando la espalda a la segunda puerta. Ésta se abrió silenciosamente… y de las sombras surgió una figura alta, corpulenta, cubierta de una cota de malla del cuello a los pies, coronada por un yelmo de combate a través del que se veían unos ojos oscuros.
Trazando un gran semicírculo con su martillo el guerrero golpeó a tres de los hombres que se levantaron rápidamente para tratar de hacerle frente. De nada les valió sus delgadas armaduras, y un ruido de costillas y columnas rotas fue el eco a los gritos de dolor.

Dos, tres, cuatro.

Dos bandidos más surgieron de las sombras y soltando un silbido de aviso atacaron cada uno por un lado. La figura metálica que se les oponía bloqueó el primer ataque con el escudo, dejó que la daga del segundo resbalara inofensiva sobre su pectoral de malla y hundió con fuerza el martillo en el cráneo del atacante, esparciendo sus sesos por todo el patio. Se giró y detuvo un tercer y un cuarto golpe, antes de lanzar un ataque a las piernas de su oponente, rompiéndole la rodilla. Calló con un gemido el bandido, y sólo pudo empezar a implorar piedad antes de que el martillo cayera una vez más rompiendo su capucha de cuero, su cabeza y su vida.

Cinco, seis.

Ya se había dado la alarma en el bastión y desde el edificio principal dos bandidos más salieron a la carrera… para recibir un golpe en el estómago el primero de ellos que le hizo vomitar sangre y un impacto brutal del canto de un escudo de cobre en su mandíbula el segundo. Dos bandidos más buscaron aire en sus pulmones para suplicar clemencia… dos cuerpos más con cráneos destrozados que deberían ser reconocidos por sus deudos por el color de sus botas.

Siete, ocho.

Imagen

En el interior del salón principal, tres arqueros se parapetaron y dispararon sus arcos a toda velocidad. El guerrero se encorvó ligeramente mostrando sólo su yelmo y su escudo mientras avanzaba, y las flechas rebotaban contra el grueso metal que le protegía. Alguna no obstante logró perforar su armadura, pero sin causarle daños graves. Gruñó y continuó su avance, hasta que se echó encima de los tiradores. Estos arrojaron sus arcos y desenfundaron sus espadas… pero el terror que latía en sus corazones les hacía ser lentos, temerosos, vulnerables… perdedores. Golpes del martillo vengador rompieron el hombro del primero, hundieron la clavícula del segundo y destrozaron la rótula del tercero. Tres golpes certeros reventaron las caras de quienes hacía unos pocos minutos sólo se jactaban de sus victorias pasadas.

Nueve, diez, once.

Cuatro bandidos más bajaron por las escaleras ululando, pero su número lejos de ser una ventaja les supuso un problema. El guerrero sin decir una palabra asentó sus piernas con fuerza y hundió las costillas del primero. El hombre se trastabilló y cayó, haciendo que sus compañeros se tropezaran unos con otros. Gritos agónicos, huesos rotos… y cuatro cadáveres más sin rostro tiñendo de rojo el mármol de las escaleras.

Doce, trece, catorce.


Imagen

El silencio dominaba toda la planta baja. Ya nadie más aparecía, los cuerpos destrozados y sin rostro de los muertos yacían grotescamente retorcidos alfombrando con sesos y sangre el suelo.

El guerrero avanzó por el pasillo y llegó a una puerta de roble. La abrió de una patada y en ella encontró a uno de los líderes de los bandidos, con su capa, su bonita armadura, su espada afilada… un uno contra uno, de hombre a hombre, de humano a humano.

El jefe bandido atacó con un grito, soltando un molinete que cambió en el último momento por un golpe bajo, y su espada mordió con rapidez el muslo de su oponente, haciendo saltar a un mismo tiempo eslabones y sangre. Un gruñido fue toda la queja del guerrero herido, quien soltó un golpe brutal, que el bandido esquivó. Una columna de mármol coronada por una figura de una mujer desnuda saltó en mil añicos bajo el impacto del martillo.
Las dos figuras dibujaron un círculo frente a frente observándose. Nuevo ataque de la espada, bloqueada por el escudo, nuevo golpe del martillo esquivado por los pelos. Se intercambiaron golpes sin lograr imponerse, apenas tal vez pequeñas muescas en armaduras que no causaban más daños. Pero el jefe no estaba acostumbrado al combate cerrado. Su fuerte eran los ataques cobardes de muchos contra uno, o parapetarse tras otros más duros que él, no dar la cara. Su espada subía un poco más lenta, sus piernas no bailaban como antes… mientras que su enemigo, mudo e implacable, iba recortándole el terreno en el que se movía, hasta que lo tuvo casi arrinconado, sin capacidad de esquiva. Mirándole por encima del escudo dio un paso atrás y cargó toda su fuerza en un golpe brutal. El bandido subió a tiempo su espada… pero el mandoble no pudo aguantar la fuerza y sus muñecas se doblaron, recibiendo en su costado un impacto que le dejó sin aire. Trastabilló sujetando a duras penas su espada y buscó como salir, pero su enemigo lanzaba ya un nuevo golpe. Por puro instinto subió su espada… pero esta vez el golpe fue abajo y su cadera se rompió al recibir la brutalidad del martillo de lleno.

Lágrimas de dolor nublaron su vista y cayó suelo junto a su espada, sujetándose con sus manos trémulas su costado destrozado.

A duras penas se pudo sentar… y un nuevo golpe de martillo destrozó su codo. Con un grito de dolor se revolvió en el suelo… y otro golpe brutal hizo que su hombro reventara en mil pedazos. Estiró una mano trémula… y un nuevo martillazo reventó todos sus dedos contra el suelo.

Seminconsciente por el dolor recibido notó cómo una mano de hierro le estiraba de los cabellos

- ¿Dónde está tu dios ahora? – la voz sonaba rasgada y profunda – Dile esto a tus amos: tenéis a uno de los nuestros, y si le tocáis un solo cabello volveré aquí día tras día a arrancaros los ojos a todos. No conoceréis el descanso, os cazaré si vais a caballo, si os escondéis, si usáis arcos… no escaparéis a la muerte. Ni vuestras mujeres ni vuestros hijos ni los hijos de vuestros hijos.

Empuño su daga y la hundió en los ojos desorbitados del bandido, sacándolos por dos veces pinchados en ella.

Los gritos desesperados de dolor taparon los pasos del guerrero de vuelta a la noche.

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